Quirón El Centauro

El Mito de Quirón
El Mito de Quirón

Cronos, cautivado por la gran belleza de la ninfa oceánica Fílira, busca seducirla pero ésta continuamente lo rechaza. Un día, Cronos estaba en el bosque persiguiendo a su hijo Zeus para comérselo. Al percatarse de que la hermosa ninfa merodeaba a lo lejos entre los matorrales, éste desiste de seguir persiguiendo a su hijo para acercarse a ella.  Fílira, con la intención de pasar desapercibida por Cronos, decide utilizar su poder para cambiar de forma, y se transforma en yegua . Sin embargo, éste se da cuenta y decide metamorforsearse a caballo; es así como,  bajo su forma equina, logra alcanzarla y la engaña para copular con ella. Algunas versiones del mito dicen que éstos fueron sorprendidos por la diosa Rea, esposa de Cronos, luego de lo cual éste desaparece galopando y desentendiéndose de todo.

La ninfa, ahora embarazada, y temerosa de que Cronos se comiera a su hijo (así como había hecho con los anteriores), decide esconderse en una cueva en el Monte Pelión para dar a luz. Después de un parto muy doloroso y difícil, finalmente nace Quirón, un ser con cuerpo de caballo de la mitad del ombligo para abajo, y con cuerpo de hombre del ombligo para arriba. Ante la profunda decepción y  tristeza de haber engendrado a un monstruo, Fílira le pide a los dioses ser transformada en una planta, convirtiéndola así en el árbol de tilo.

Quirón es representado como una figura solitaria con una gran imaginación que, bajo la tutela de Apolo, canaliza y desarrolla en forma de sabiduría. Aprende junto a Apolo el arte del arco y la flecha logrando dar sentido y dirección a su mundo interno. El centauro era un gran curandero que dominaba el arte de la medicina, de la caza, la música, la guerra y la moral, y además era un gran maestro al que acudían muchos para nutrirse de su conocimiento y terminar convertidos en grandes héroes.

Un día Quirón es herido en la rodilla con una flecha envenenada que lanza accidentalmente uno de sus discípulos, Hércules. Al ser inmortal, Quirón no muere pero permanece el resto de su vida padeciendo ese dolor. A partir de entonces, Quirón se esfuerza sistemáticamente para encontrar una cura a su dolor y al de otros seres que al igual que él, sufrían.

Un día, Quirón encuentra a Prometeo guindado por los pies en la cima de una montaña. Éste, había sido castigado por Zeus tras haber robado el fuego del Olimpo para dárselo a los humanos, quedando condenado a morir y revivir una y otra vez de manera ininterrumpida: mientras un águila devoraba su hígado durante el día, por las noches el hígado volvía a crecer. Quirón finalmente encuentra la cura a su dolor al decidir intercambiar su inmortalidad por la vida condenada de Prometeo. En el mismo momento en que renunica a su inmortalidad y asume el lugar de Prometeo, Quirón muere por la herida mortal en su rodilla. Zeus, en agradecimiento por sus grandes hazañas, le devuelve a Quirón su inmortalidad en el firmamento bajo la forma de la constelación del centauro.

Para poder entender el significado de este ser mitológico es importante abarcar también el sistema de interrelaciones del cual forma parte. Cronos suele hacer referencia al principio de realidad y a la toma de forma, de límites. Mientras que a Fílira suele asociársele un doble rol: por un lado, al ser una figura marina, suele considerársele metáfora de la imaginación y de lo creativo; por otro, es ella quien hace entrega oficial del papel a los humanos (antiguamente el papel provenía de la corteza del árbol de tilo).

Es posible decir entonces que Quirón es fruto de la unión en el papel de: (a) la conciencia de límite – principio de realidad (Cronos), y (b) la imaginación (Fílira). Por otro lado, Zeus (la capacidad de dar sentido y significado) logra escapar de Cronos en el momento en que éste se distrae con Fílira.

Es decir, es precisamente a partir de la unión entre el sentido de realidad y de la imaginación que podemos preservar el sentido y significado en nuestras vidas. Vemos así que Quirón podría representar lo que hacemos y las formas que desplegamos en el papel, sirviéndonos de la imaginación, para preservar el sentido y significado de nuestra existencia.

Quirón es un símbolo de la evolución del animal al humano, quien con sus manos libres y con la ayuda de la autoconciencia (Apolo), ahora puede dominar el arte del arco y la flecha (direccionar y dar sentido a su existencia) y la facultad para dibujar/escribir (fijar símbolos). Vemos entonces que entre otras cosas constituye una metáfora sobre:

La evolución hacia lo humano a partir de la simbolización de nuestra realidad, posibilitando con ello el conocimiento/autoconocimiento, la facultad de dar sentido y significado, y la capacidad para conciliar alguna dirección a favor del crecimiento.

La historia de este ser mitológico nos habla de una evolución y trasecendencia de la naturaleza primaria del ser humano, pero no para prescindir de ella. Nuestra evolución no está demarcada por la mayor distancia que logramos colocar frente a nuestra naturaleza básica. Y creo que Quirón nos habla sobre todo de eso:

Si bien, por un lado, nuestro espíritu de elevación, de trascendencia, de avance y progreso, y por otro, nuestra vulnerabilidad y finitud, nuestra sensibilidad para con nosotros mismos y para con otros, son dos caras de una misma moneda, pareciera existir una tendencia a asumirlas como aspectos antagónicos irreconciliables. Esto me recuerda a Fromm: “(El ser humano) A punto de conquistar los cielos, pierde rápidamente el contacto con su propio mundo” (Anders, et al., 1970, p. 7). Puede ser tanto nuestro afán por trascender y elevarnos, que incluso lo hacemos a costa de nuestra vulnerabilidad, llegando a perder de vista nuestra naturaleza primaria, alienándonos respecto de nosotros mismos y respecto a los otros.

La capacidad de plasmar y fijar en el papel lo imaginado, por un lado se asocia con evolución, con la posibilidad de representar y de comunicarnos en el tiempo y el espacio, así como de elaborar y acumular el conocimiento. Pero también conecta con el dolor profundo asociado a la decepción de no poder estar a la altura de la imaginación (Fílira), es decir, de la madre. Aquello que fijamos en el papel casi siempre termina siendo menos de lo que imaginábamos, y esto despierta el dolor del rechazo, de la desilusión de vivir; es la experiencia de dolor asociada a la finitud que también nos caracteriza (a la muerte real o simbólica). El sufrimiento de no poder ver realizada esa imagen idealizada de nosotros mismos a la que hemos condicionado nuestra existencia. Esa sensación de perder tanto una vez que algo se realiza, pero justamente porque conseguimos que en verdad no la hemos realizado (ni a la imagen idealizada, ni a nosotros mismos).

El mito de Quirón nos habla de la importancia de lo simbólico en nuestra evolución, pero no precisamente porque nos permita una mayor desconexión y evasión de nosotros mismos, sino todo lo contrario. Nuestra evolución está asociada a la posibilidad de representar y significar la realidad de lo que estamos siendo continuamente, la facultad de darle forma a nuestras vivencias, para propiciar con ello el autoconocimiento y la autodirección en nuestras vidas.

Quirón nos recuerda que evolucionar y crecer como personas, pasa necesariamente por reconocer y aceptar quiénes somos, asunto que difícilmente podríamos hacer sin remitirnos a nuestros límites, y pretendiendo identificarnos exclusivamente con una imagen ideal. Nuestros síntomas, malestares, anhelos, angustias, confusiones, en fin, nuestra finitud y vulnerabilidad, en lugar de ser un impedimento para nuestra evolución, constituyen un símbolo más que habla sobre nosotros, y que proveen de sentido a nuestra existencia, indicándonos el camino para seguir creciendo. Son precisamente estos dolores una oportunidad para devolvernos a nosotros mismos, a nuestra experiencia humana completa – no fraccionada. Nos devuelven nuestra integridad, y constituyen un retorno a nuestra vida como punto de referencia para seguir evolucionando.

Anders, G; Eaton, J; Fromm, E.; Marx, K; Merton, R; Mills, W; Mumphord, L; Neumann, F;  Schantel, E; Titmuss, R; Van Den Haag, E; & Weiss, F. (1970). La soledad del hombre. Caracas: Monte Ávila Editores.

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